Aunque el 96.1% de la población cuenta con acceso a agua entubada en su hogar, únicamente el 58% de los mexicanos recibe agua diariamente. Esto significa que millones de personas viven con un servicio intermitente, mientras que entre 12 y 15 millones enfrentan condiciones de escasez.
Este problema no se origina únicamente en la disponibilidad del recurso, sino en la manera en que lo estamos administrando.
Uno de los principales retos del sector es el Agua No Contabilizada (ANC), es decir, el volumen de agua que se produce, potabiliza y bombea, pero que nunca se factura o simplemente se pierde antes de llegar al usuario.
En México, los organismos operadores presentan pérdidas que van entre el 40 y el 50% del volumen de agua distribuida, alcanzando una eficiencia física de únicamente 46.65%. En otras palabras, esto quiere decir la mitad del agua potable que fue producida se pierde en fugas, errores de medición o conexiones irregulares.
Las consecuencias van mucho más allá del desperdicio del recurso:
Las evidencias nos hacen ver, que, más allá de la construcción de nuevos pozos, es vital resolver la falla.
Históricamente, gran parte de las redes hidráulicas se ha gestionado bajo un esquema reactivo: las tuberías se reparan cuando la fuga ya es visible o cuando ocurre una falla importante. Este enfoque resulta cada vez menos sostenible, ya que la respuesta es implementar modelos de gestión de activos, donde las decisiones se basen en información técnica, análisis de riesgos y monitoreo continuo.
La gestión moderna permite priorizar inversiones considerando variables como la antigüedad de las tuberías, frecuencia de fallas, materiales, criticidad del servicio y costos del ciclo de vida.
La digitalización y la ingeniería de valor están transformando la forma en que se operan los sistemas de agua en todo el mundo. Hoy en día, podemos
pasar de una operación correctiva a una gestión predictiva, reduciendo pérdidas y optimizando los recursos disponibles.
El cambio climático, el crecimiento urbano y la mala gestión hicieron que la disponibilidad hídrica por habitante en el país pasará de 17,742 m³ anuales en 1950 a apenas 3,656 m³ en 2017. Esta reducción del 80% nos obliga a replantear la manera en que concebimos y gestionamos la infraestructura hidráulica.
Para las nuevas generaciones de ingenieros, esto implica desarrollar competencias que van más allá del diseño tradicional: análisis de datos, , gestión de activos, digitalización, inteligencia artificial y planeación estratégica serán habilidades cada vez más determinantes.
En un contexto donde cada litro cuenta, el futuro del agua dependerá menos de producir más y mucho más de gestionar mejor. La verdadera innovación estará en convertir la información en decisiones y la infraestructura en sistemas inteligentes, resilientes y sostenibles.